Había una vez un chami que disfrutaba enormemente de muchos aspectos de su vida en Azeroth. Tenía todo lo que se le puede pedir a la providencia: buena salud, mejores compañeros y un montón de aventuras por vivir. Este chamán tenía perfectamente claros y calculados cuales eran los pasos a seguir en las épocas venideras. La consecución de un logro, asaltar una mazmorra, cambiar el lugar de la piedra de hogar. Esos objetivos venideros le hacían tener una seguridad en el futuro inquebrantable, y esa seguridad se transformaba en felicidad absoluta y dicha sin igual.

Pero algo sucedió. Un cambio en la vida de este chamán, pequeño en concepto, pero enorme en importancia, hizo que todos los planes que tenía como inamovibles se desmoronaran. Nuestro chami se quedó desubicado, sin saber qué hacer. Al principió, dejó de frecuentar a sus compañeros, dejó de hacer misiones y dejó de intentar acumular logros, lamentándose y sufriendo por lo que había perdido. Se encerraba en su cueva, huraño y hosco, sin querer saber nada de aventuras ni desafíos. Se maldecía por su mala suerte y se regodeaba en su miseria, y su carácter, antes dicharachero y jovial, cambió.

Sus buenos amigos iban cada día a visitarle a su cueva, preocupados por el  solitario penar de su amigo. Pretendían con esfuerzo y tesón que su bienamado compañero volviera a ser el que una vez fué. El chamán intentaba mantener a sus amistades al margen de sus desdichas, pero todos sufrieron, en mayor o menor medida, sus cambios repentinos de humor, su desaliento.

Meses pasaron, y el chamán y sus penas compartieron el pan en insalubre convivencia. La oscuridad se apoderaba de él, y la desesperanza hacía mella en su interior.

Pero la penuria es mala compañera de viaje y peor consejera, y nuestro chamán fué consciente, justo en el momento en el que su alma rogaba por un final a aquella desdicha,  de la necesidad que tenía de salir de ese pozo de desesperanza. Mas intentaba librarse de sus maldiciones usando los métodos equivocados. Era consciente de que debía remediar su tristeza, pero no lograba encontrar el camino. Uno tras otro sus intentos fallaban sin remisión, empeorando la frustración que aquella situación le hacía sentir. En el convencimiento de que él solo no conseguiría sortear las dificultades para encontrar la luz al final del túnel, buscó ayuda y consejo en una sabia y anciana chamán de su tribu, otrora maestra y ahora amiga.

La vieja chamán, muy ducha en lides como aquella debido a su larga y experimentada vida, escuchó todos y cada uno de los lamentos del jóven y triste alumno. Él relataba con pesar sus problemas, surgidos a partir del desgraciado momento que cambió su vida. La anciana asentía con cada frase, comprensiva pero atenta, enjugando las lágrimas que nuestro chamán derramaba. Cuando ya no hubo más que decir, la maestra suspiró profundamente.

Su salmo de curación comenzó con un tono suave y lento, casi maternal, aunque cargado de firmeza. Casi sin que el jóven se diera cuenta, el salmo se fué transformando en un canto enérgico a la vida, a la belleza que todas las cosas buenas guardan en su interior. Insufló esperanza y bienestar en el maltrecho corazón de nuestro amigo, dotándole de la fuerza necesaria para remediar su desdicha. Y el renovado chamán, de nuevo, lloró. A diferencia del millar de ocasiones anteriores, esta vez su llanto era debido a la sensación de libertad que el hechizo de su amiga le había otorgado. Su alma gritaba a los cuatro vientos que ya no era esclava de su pasado, sino que se sentía preparada, por primera vez en mucho tiempo, para volar hacia el futuro.

Nuestro amigo chamán abandonó la cueva de su antigua profesora sin el peso de la tristeza en sus espaldas. Aquella tarde el verde prado parecía más fresco, y el sol se ocultaba en el horizonte con un brillo especial. Decidió que lo mejor que podía hacer en ese momento era compartir su nueva alegría con aquellas personas que siempre estuvieron a su lado, los amigos y compañeros de toda la vida que tanto habían cuidado de él.

Y se encaminó a la taberna donde sus amigos solían juntarse, dicharachero y feliz, porque tenía todo lo que se le puede pedir a la providencia: buena salud, mejores compañeros y un montón de aventuras por vivir.

Share and Enjoy:
  • Print this article!
  • Digg
  • Sphinn
  • del.icio.us
  • Facebook
  • Mixx
  • Google Bookmarks